La mañana del 28 de septiembre de 1710 el Archiduque Carlos de Austria entró en Madrid, donde ya comenzaba a ser distinguido con el apodo de “El Rey Duende”. Accedió a la ciudad por el Retiro y salió por la Puerta Verde en dirección a Atocha, donde tenía intención de oír misa antes de dirigirse al Alcázar. El día anterior se había dado orden a los madrileños de que regaran el trayecto y engalanaran sus balcones, pero no hicieron ni una cosa ni la otra. Dudaban, además, de la devoción del austriaco a la Virgen de Atocha, pues pocos días antes, cuando Stanhope entró en Madrid, habían sido robadas todas las banderas del santuario. Incluso circulaban coplillas sobre este hecho. Mientras accedía a la ciudad las campanas “más parecían doblar que repicar”, cuenta un cronista de lo sucedido.
Carlos recorría el trayecto montado en un caballo blanco y vistiendo traje negro, sorprendido por el silencio de los madrileños y la completa ausencia de motivos decorativos. Apenas había gentes en las calles. Muy pocos estaban asomados a los balcones. La subida hasta la plaza de Santa Cruz se hacía interminable en estas circunstancias. La Plaza Mayor estaba también vacía. Tras recorrerla en silencio, murmuró: “Esta ciudad está desierta”. Al embocar la Calle Mayor, no pudo resistir por más tiempo el espectáculo de la ausencia de espectáculo y sin llegar a la Virgen de Atocha, donde la Capilla Real lo esperaba para entonar un Tedeum, dio la orden de regresar. Y así, sin ver siquiera el Alcázar, abandonó la ciudad en la que quería asentar su corte.




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